Pobres / ricos mafiosos (in) Felices

Pobres / ricos mafiosos (in) Felices

Pobres / ricos mafiosos (in) Felices

Por Fernando Estrada

Aunque parezca extraño, la independencia sólo requiere poco más que un salario mínimo. Para adquirir autonomía se necesita una disposición reclamada tradicionalmente por los pensadores con respecto a las posesiones.

¿No tiene trabajo? Bueno, no se preocupe porque ahora todos figuramos en la estadística laboral del DANE como trabajadores en diversos grados, así que mejor le invito a tomar medidas prácticas. Primera, nunca confíe en el funcionario del gobierno que hace estos anuncios (concretamente, quienes dependen de ingresos públicos). Exceptuando aquellos empleados del salario mínimo muchos burócratas sin necesidades ni familias que sostener, se volvieron profetas del sistema. Segunda, la gente que se gana la vida en las calles (o de pie) es más confiable que quienes lo hacen sentados en las oficinas de gobierno o en las cámaras de comercio. Tercera medida, no se deje engañar por el dinero. Los números suelen atolondrar, pero la independencia económica obedece a otros valores.

Creo que los vendedores callejeros, las peluqueras, los mensajeros y los mecánicos, pueden llegar a ser más independientes justo porque pueden cambiar sus empleos por un salario propio, mientras que los gerentes y ejecutivos, los dueños de empresas y ministros de gobierno son, por lo general, unos esclavos miserables. En el fondo, los mecánicos nunca son forzados a tomar decisiones desesperadas, como ajustar sus convicciones de acuerdo con ciertos intereses de la compañía. No tienen porqué aparentar. Un vendedor de periódicos actúa conforme a sus creencias. Cambiar las convicciones, como cambiar de religión, se conoce en psicología como disonancia cognitiva. Las personas encuentran razones para resolver contradicciones entre el conjunto original de sus preferencias y sus cambios posteriores.

Un astuto contratista, por ejemplo, puede decidir (dentro de las normas legales) comprometer los recursos tributarios de una ciudad para obtener ganancias descomunales (y viajar con su familia por Europa). Es más, posteriormente puede afirmar cosas tales como: “lo hice pensando en estimular la actividad económica y el crecimiento productivo”. Algo parecido al padre de familia que gastó su salario en un casino con la idea que de esa manera “sacaba adelante a sus hijos”. En Colombia después de décadas de influencia mafiosa terminamos creyendo que es mejor ser rico que pobre(Pambelé). Y las generaciones herederas del narcotráfico se montaron en historietas televisadas de hembras, dinero rápido y costosas mansiones. Más aún, la conversión social a este ascenso de los nuevos Corleone, se integraba como “un estilo de vida”, “una cultura”: [¡Quiubo mijo, a conseguir plata!].

De modo que a menos que usted se haya decidido por este camino de la opulencia mafiosa, con guardaespaldas orangutanes, choferes particulares, casas lujosas, negocios turbios y decenas de enemigos, se puede encontrar laboralmente entre una mayoría de colombianos con empleo de “libre nombramiento y remoción”. Las diferencias entre su trabajo actual y otro donde le paguen más o menos lo mismo, es muy pequeña. Y no debería olvidar que en la base de la pirámide laboral se puede contar con mayores oportunidades –allí donde la reputación supera un poco sus antecedentes-. Al menos el nombre de su familia no figura con alertas en la Fiscalía o en la Procuraduría.

Por contraste con usted muchos empleados de mayor rango mantienen sus temores. Un memorando del jefe superior o malas noticias de las juntas directivas, informes negativos de un senador de la república, o un subordinado que quiera derrocarlo (como sucedió con su antecesor). La caída de un pináculo entraña la desgracia, como sucedió con familias prestantes en Antioquia, Córdoba o en el Valle del Cauca. Estas familias eran capaces de soportar un régimen de vida moderado, pero eso significaba no poder cambiar de carro cada seis meses, ni comprar su colección de licor americano, sus abonos para Cañaveralejo o la Santa María. Cambiar de estatus significaba vender o hipotecar sus casas campestres y, como consecuencia, renunciar a sus amantes. Las historias que se conocen de los carteles de las drogas, los señores pagaban costosas orgías los fines de semana con modelos famosas de Colombia. Muchos adinerados con la plata del narcotráfico quisieron suicidarse cuando sus patrones fueron extraditados.

En realidad, de acuerdo con Diógenes (el perro), el miedo a la pérdida y la pérdida son una y la misma cosa. Las posesiones son un medio de castigo a menos que la gente sepa cómo manejarlas. Un precepto sobre las apariencias que Diógenes aplicaba a sí mismo, aunque llegaría a situarse entre los más temidos de su tiempo. De los pensadores Griegos fue Diógenes quien mayores ironías dedicaba al ingrediente venenoso de las riquezas. La autonomía e independencia tiene poca relación con las apariencias de bienes materiales. Un ser humano libre posee valores superiores para toda la sociedad.

Digamos que alguien se cambia a una casa más grande, más lujosa y con mayores comodidades. Luego de seis meses de adaptación sus emociones regresan a puntos de equilibrio. Pero si esa persona ha perdido ingresos debido a sus gastos, debe facturas que no puede cubrir con sus ingresos. Una persona así forzada a regresar a su forma de vida anterior puede sentirse una desgraciada. Ahora vive peor que si no se hubiera cambiado de residencia. Agreguemos el impacto psicológico entre quienes deben abandonar lujosas mansiones y descender de nuevo a la vida del común. Físicamente, es como volver a morder el polvo y comer la misma mierda. Esta es la sabiduría detrás de la idea que el dinero no concede la felicidad. La gente no lo cree, pero podemos decirlo de otra manera: existen personas que no pueden ser felices sin haber asegurado un cierto nivel de riquezas y bienestar.

Aunque parezca extraño, la independencia sólo requiere poco más que un salario mínimo. Para adquirir autonomía se necesita una disposición reclamada tradicionalmente por los pensadores con respecto a las posesiones. Sócrates fue una persona bastante pobre. Aunque no sea el único ejemplo a seguir. Séneca gozaba de abundantes riquezas, sin embargo, aprendió a desprenderse mentalmente de los bienes materiales. Se las arreglaba para separar los afanes de cada día y poder dedicarse a escribir. Podía presumir que si algo imprevisto sucedía con sus bienes, nihil perditi, “nada se perdía”.

Pobres / ricos mafiosos (in) Felices. ¿Cómo desmembrar socialmente las redes culturales del narcotráfico? No existe una respuesta milagrosa. Sin embargo, una salida sumada a los experimentos realizados en ciudades como Medellín, Bogotá, Cali o Barranquilla, consiste en desmontar los valores predominantes en el estilo de vida mafioso. Cuestionar abiertamente formas de consumo que exhiben la suntuosidad mafiosa. Caravanas de modelos montadas en caballos educados por el narcotraficante para cabalgatas en las Ferias de Cali, Manizales o Bogotá. Condominios inéditos de gente que se hace rica de la noche a la mañana, con mansiones que cuestan un Potosí. La mentalidad del dinero a montones, sin necesidad de estudiar, trabajar o pagar sus costos morales. Es bueno enseñar, sin embargo, que la libertad no depende de los poderes materiales.

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